Miraba tus ojitos abiertos, dulces e inocentes
ávidos de luz, formas y colores.
De pronto me inunda, no se si el miedo o la angustia;
quizás el vértigo de estas alturas
donde jamás imaginé encontrarme;
donde Dios me envió sin merecerlo,
por el empujón de tu sonrisa,
sobre las alas de tus manitas.
Pero es más grande el fuego que me mueve
a dar primero uno, y otro y otro paso.
Ese fuego que calienta el aire respirado
que me hace abrir mis ojos y pensarte
una y otra y otra vez.
Me consume, no como la vela que se deshace,
sino como la lámpara que arde e ilumina,
o como el río que corre y corre...
Dios sabe de este fuego, y este vértigo mios,
de llevarte de la mano, Dios sabe donde.
Por eso mi paz no me abandona, por que al final te veo de Su mano.