
Mi papá, don Misael Núñez... ese señor de sombrero y botas vaqueras, amante del campo, del ganado, de los caballos y de la tierra.
El me enseñó, sin saber quizá, el valor de un beso en la frente, de un abrazo y de un apretón de manos. Me enseñó que en la vida no todo nos sale como quisiéramos, pero que hay que vivirla completa, que hay que sembrar árboles frutales hoy, cuidarlos, cultivarlos y en varios años tendremos frutas para compartir.
De él aprendí el valor de decir siempre la verdad, el valor de trabajar con honestidad; pero también aprendí el lado humano de ser un papá.
Aprendí que los hombres pueden sufrir, que se equivocan muchas veces, y que las consecuencias de los errores no siempre pueden revertirse, pero que las situaciones difíciles nos ayudan a crecer y ser mejores cada día.
Quizá no ha sido un héroe muchas veces, y para muchos quisá no haya sido el mejor del mundo; pero en mi mundo, ha sido el mejor.
Aprendí lo que quiero ser, y lo que quiero no ser. Por que sus aciertos y sus caídas, son hoy tesoros y cicatrices de las que he aprendido. Algún día mi pequeño hijo verá un padre en mi, forjado en esos aciertos y cicatrices.
Gracias mi tata por transmitirme la vida y mostrarme el camino.